martes, 11 de agosto de 2009
Efectos a largo plazo, de los viajes dilatados
De todas formas he querido, escribir esta reflexión, antes de releer aquella, con el fin de no contaminarme, de los sentimientos de entonces. Solo cuando haya terminado, le volveré a echar un vistazo.
Los viajes largos vistos desde la lejanía, resultan aún peor que la droga dura, que son a corto plazo: Porque de cualquier sustancia estupefaciente es posible desengancharse, con fuerza de voluntad y según van pasando los meses, el síndrome de abstinencia va disminuyendo, hasta acabar por desaparecer. Pero con los viajes de larga duración, ocurre al revés: Cuanto más tiempo ha pasado desde el último, más mono, congoja y desasosiego se tiene.
Ni un solo día desde nuestra vuelta, he dejado de pensar en aquellos días, en aquellos acontecimientos, sensaciones y vivencias, a lo largo de medio mundo. Ni un solo fin de semana, en el que hayamos estado los dos solos, hemos dejado de recordarlos, a veces durante horas, al abrigo de unas cervezas o copas. Puedo pasar una semana sin hacer el amor y me provoca menos angustia, que atravesar ese mismo intervalo de tiempo, sin rememorar nuestros aventureros periplos, que nos marcaron para siempre.
Cuando planificas la primera travesía prolongada, el sentimiento que se impone es la ilusión. Cierras los ojos y dejas volar la imaginación, como si estuvieras soñando y todo resulta muy relajante y agradable. Puedes estar planeando el primer viaje largo durante años, a veces como era mi caso, desde la mismísima infancia, en la que ya fantaseaba con hacer, el periplo que finalmente, convertimos en realidad, por Sudamérica y Centroamérica, desde Patagonia a México. Antes de la primera vez, nunca hay prisa, siempre se puede esperar un poco más, sin mayores consecuencias.
Pero eso ya no ocurre la segunda vez, porque el sentimiento que te domina es el ansia, la inquietud, la intranquilidad, la preocupación, la zozobra... Ahora cuando cierras esos mismos ojos, ya no ves escenas de postal, como si soñaras despierto. No. Ahora sientes angustia y solo piensas en que llegue el momento, de poder largate de nuevo. Hay que ser una persona muy fría, para poder planificar un segundo o tercer viaje largo, durante varios años, sin estar constantemente sufriendo, pensando en la lejanía del momento de la partida. Porque además, como cualquier drogadicto cuando busca su dosis, te servirás de todos los medios, para poder realizar tu recorrido mucho antes.
Y esto cambia por completo tu vida. Empiezas a pensar, que en la vivienda ya solo harás las reformas muy imprescindibles, que cambiarás de coche cada más años o, que saldrás menos sábados por la noche, para así, ir aumentando la velocidad de ahorro, que permita largarse cuanto antes. Cada euro que entra en la economía familiar y que no va destinado a las necesidades esenciales, ya tiene su lugar donde ser gastado, siempre a miles de kilómetros de casa, claro.
Cada vez que te sientes o te sale algo mal, buscas mentalmente el mismo antídoto y aún son mayores, las ganas de marcharte y dejarlo todo. De momento hemos conseguido resistir y no perder completamente el juicio, aunque no sé muy bien por cuanto tiempo. Porque cuando algo no va bien, las paredes de nuestra casa, ya escuchan machaconamente, la temida, pero reconfortante frase: “¡¡Pues alquilamos el chalé, nos vamos a Asia y a la mierda!!”. Y es que tu barrio, tu ciudad, tú país y tu propia vida, se han convertido en una jaula, de la que quieres escapar, ante el primer contratiempo
El dicho habla, de que lo bueno o mata o engorda. Añadiría yo, que o crea una irreparable adicción. Al final todo lo gratificante, suele pasar una elevada factura y la de los viajes largos, es de bastantes ceros.
Sin embargo hay una cosa, que pensé que iba a ocurrir y que afortunadamente, finalmente no ha pasado. Creía que, después de haber estado casi un año por el mundo, cualquier viaje posterior y aunque fuera de un mes, me iba a dar poco de si. Pues no. En breve, nos vamos a Lombardía solo cuatro días y nos van a saber a gloria, como las tres semanas que no hace mucho, estuvimos por China y Qatar.
Ahora sí, he releído lo que escribí hace meses y concluyo amargamente, que son mucho peores los efectos a largo, que a corto plazo. Solo espero que con el paso del tiempo, aún no vayan siendo peores.
viernes, 7 de agosto de 2009
Gracias Lupe, por esta joya
Así que la reflexión de hoy, la pone Lupe, aunque es como si la pusiera yo. Y como le he dicho en privado, espero algún día formar parte, de la historia que viene a continuación.
“Navegando al azar, por las reflexiones viajeras, he leído post antiguos y me ha aparecido uno de 2006, en el que reflexionas sobre los que viajan solos/as (http://reflexionesviajeras.blogspot.com/2007/10/me-aterrara-viajar-sola-sin-poder.html). He pensado en comentarlo en el blog, pero al ser tan antigua, seguro que no la leerías nunca, así que para distraerme un rato, te voy a dar ahora mi punto de vista.
Viajar solo (o sola, en mi caso) a veces es un autentico coñazo.
Pero otras veces es lo mejor que te pueda suceder. Ante la disyuntiva de viajar sólo o quedarse en casa, para mí la mejor opción es viajar. Viajar sola que es más difícil aún, a priori y desde casa, que luego no lo es tanto.
Exige mucha preparación previa. Hay que comenzar poco a poco, con escapadas de una o dos semanas, para conocerse, antes de tirarse uno, dos o tres meses por el mundo. El viaje empieza en la librería (ultimamente en Internet) mucho antes y yo al menos me pongo muy ansiosa, pero lo más difícil siempre, es dar el primer paso. Una vez comprado el billete de avión, ya no hay vuelta atrás, así que de mi misma, dependerá lo bien que me resulte. Eso me da seguridad y vértigo a la vez..
Tampoco puedes ir tu sola por donde quieras. Hay países en los que el miedo te paraliza a la hora de comprar el billete, más siendo mujer, pero eso va variando con la edad y con el conocimiento. (no hablo de los países árabes, que conste). Y hay momentos malos, muy malos. en los que te preguntas qué puñetas haces tu allí, pasando frío, si te importa todo ya un pito. Pero también los pasas cuando viajas con alguien y te sale todo al revés.
Pero cuando tienes que coger el avión de vuelta, esos momentos malos y de bajón, no han existido nunca; ya pasaron, y sólo quieres más tiempo para viajar más.
De mis viajes en solitario, han surgido las amistades más desinteresadas, tolerantes y generosas, que he tenido y que probablemente tendré jamás.
Algunos de esos amigos del camino, sólo permanecen un año en contacto frecuente conmigo, otros ni siquiera eso, y unos cuantos, llevan lustros conmigo e incluso ahora viajamos juntos varias veces al año.
No sólo el paisaje es interesante en un viaje, también lo es el paisanaje. El local y el foráneo. Una cena, un café, un té o una cerveza a kilómetros de distancia de tu entorno, si es con alguien que tiene algo que contar, sabe mejor que el maná. Y es tan oportuno como aquél.
Mi primer viaje, al extranjero se entiende -hasta entonces me iba al pueblo con mis padres-, lo hice sola y muertita de miedo. y en estado de depresión post-ruptura sentimental. Escogí como destino una ciudad grande, con muchísimos museos. Planifique visitar uno por jornada, ocupar bien mi tiempo para no pensar...Y llegó el último día y ése mismo día por la mañana, corriendo para no perder el avión de vuelta por la tarde, visité el único que pude, ¡sólo por decir que había hecho algo cultural en Londres!
En mi segundo viaje a Amsterdam, me recuerdo llorando las dos horas de trayecto en el avión de vuelta, recordando los buenos momentos que pasamos el argentino David y yo, los últimos días. Luego nos vimos en Madrid y luego nunca más se supo. No fue ningún amor de vacaciones, fue un amigo de vacaciones.
Y viajé más y más. A Alemania y ya desde el avión conocí gente. David y luego Silvia. Cenar y salir de noche es muy duro, si no imposible viajando sola. Pero hay gente que viaja sola por otros motivos (negocios) y están deseando quitarse el traje de romano, para dar una vuelta y recordar sus tiempos de interrail
Por no estar sola y darle gusto al pueblo, que me miraba espantado cada vez, que me oían contar lo bien que me lo pasaba sola por ahí, una vez fui con un compañero de trabajo a Marruecos. Lo peor que pude hacer en mi vida. Nunca mais. Probé entonces con estancias y conocí en una especie de campamento náutico, a la que hoy es mi mejor compañera de viaje y amiga: la Feli, con la que, a priori, no tenía casi nada en común. Bueno, ahora si, los sellos en el pasaporte.
Viajé sola a Turquía, en un organizado desastroso, al que demandé nada mas volver (fue mi ultima vez en organizado) Y allí cambió mi vida. Conocí a Hannah, la persona a la que quiero parecerme cuando sea mayor. Dicho esto, suficiente. He vuelto a verla en Turquía 2 veces y una tercera en su Holanda natal. Ahora no nos escribimos tanto, pero siempre nos llamamos por nuestro cumple. Hannah tiene 65 años y es ciudadana del mundo. Una genia.
En Túnez tuve la suerte, de coincidir en su día libre con un conductor de autobús urbano de la capital y de después animarme a aceptar la invitación, de visitar a su familia (objetivamente una locura, pero subjetivamente y en aquel momento lo mas natural del mundo). Lo pasé tan bien con ellos, que volví unos meses más tarde con Feli y Ana Rosa. Para las tres lo mejor de aquel viaje, mi familia tunecina, que es la de Saif.
Nos llamamos desde entonces, en el aniversario del día que nos conocimos y es realmente gracioso, porque su madre no habla ni papa de francés ni de ingles, pero me manda mil amores, que yo los siento.
También conocí a una familia de sicilianos, en un hotel de lujo al que me colé, después de cenar en mi tres estrellas cutroso. Y nos llevamos tan bien, que dos años mas tarde, acepté la invitación a conocer parte de su isla. Continué el viaje por Italia, ya sola, sin familia siciliana y arrivé en Milan.. En Padova conocí a la linda Hiromi, del Japón, que lee mis blogs con esfuerzo. También al muchachito, que me pidió matrimonio en Venezia (por supuesto dije que si) y con el que me colé (sin quererlo), en una góndola
Ya mas animada, después de las medias distancias, pasamos a las grandes: A los destinos lejanos. Vietnam: Horrible experiencia con un colega de trabajo de Feli, que se unió al grupo y al llegar a la bahía de Halong, yo planteé irme sola. Y me hubiera ido tan feliz, de no ser por que Feli, se vino conmigo y se quedó él con su mal rollo y su sapiencia.
Luego Brasil, la Argentina (donde todo fue bien y conocimos, entre otros, a las incansables Geor y CECI), la India ( con Feli y la excelente, previsora y eficaz, Ana Rosa y gentes hindúes con los que chateo de vez en cuando. Y más tarde, Nepal (con Pyru, la checa y Oscar y los buenos momentos en moto, con Miquel y Niurka), Laos, Camboya y Tailandia. (en estos dos últimos países, se dio el reencuentro con las argentinas).
En los tiempos en los que viajaba sola, ¡no estaba sola mas que cuando yo quería!!. Mis queridos Jan paul y thang, los franceses chinoises, que me acompañaban en Bangkok y que me hacían reír tanto, Sussana, la recién divorciada italo-sueca y el resto del grupo que se formó en Luang Prabang, Pascal, mi suizo relojero, la amable Nathalie.., Sebas, el polaco residente en Londres…
Del resto de mis viajes. un popurri de buenas gentes: Adele, la guardia forestal de Nueva Zelanda, Husseyin y Beatrize de Vizenza, que me enseñaron su casa de verano, Nelle y Esther de Rotterdam, Patrick de Irlanda, que me llevó a cenar en mi 24º cumpleaños, Jonah el del pingpong y las cucharitas en Amsterdam, Wilfried de Amberes, al que visitaré en Septiembre, antes de partir para Nueva York, Sonia y Juan de Santiago, David el escalador, que me enseño a montar en moto, el señor Thang, Martin, Oscar "el cuerpo", que nos invitó a su boda, Isadora, la andaluza que lee a Kierkegard en alemán y que acaba de ser mamá, Roberto, con el que Edu y yo hicimos botellón, en la fontana di trevi, Zahd, el iraní viajero, JL, Tolga , Omer y Ozgür, tres turcos maravillosos, Isabel, que es lo más valiente y alegre que conozco, Claudia y sus hijos, Marlon y toda su familia en Colombia, Ference y Michele... Y mi admirado Wolfrang, que en 7 horas de tren me contó, su -para mis 18 años- interesantísima vida y yo la escuchaba ensimismada y asombrada de que me la estuviera narrando, ¡precisamente a mi!.
Esas gentes son parte de mi vida. Y estoy segura, de que no hubiera conocido a esas gentes, de no estar viajando sola: Yo o ellos (o ambos)
Aún hoy me aterra viajar sola. Al principio, hacerme a la idea de que tengo que ir sola es lo que me da pánico. Pero me aterra mucho más, viajar con gente que no conozco bien. O que tiene expectativas de algo, que yo no. O que por viajar juntos, se vean en la obligación de tener que ir, hasta al baño juntos. Y definitivamente me horroriza, tener que quedarme en casa queriendo irme. El camino es de todos y siempre hay alguien que hace tu mismo recorrido.
Una vez leí en algún sitio, una cita que decía algo así como: " Una de las cosas maravillosas que te pueden suceder en este mundo, no es otra que saltar la tapia del jardín de tu vecino, que te encuentre allí y conseguir, no sólo que no te eche a patadas, sino que te invite a un té y que además te de conversación"
Y yo añado, "y que te deje tranquilamente allí, sin darte la lata, si se lo pides"
Cruzar una frontera es algo así como saltar una tapia, ¿no?.
Así que Eva, te invito a que lo pruebes. Viaja sola cuando sea tu momento.
Viajar sólo, no es una imposición circunstancial, ni una elección. A veces es una buena idea, sin más, y como todo en esta vida, es temporal.
Un beso, feliz viaje (esta vez en compañia)
Lupe
PD: Aunque hay viajes que no salen tan bien, no te creas...De los peores que he tenido han sido por España. Para el españolito medio, la idea que tiene del españolito que viaja sólo (y más aún si es por libre), es que es un raro y no tiene amigos, ni amigas, ni novios y es un insocial, un hippi, un perroflautas o un iluminao. Y no se te acercarán, mas que otros iluminaos. Ahí queda eso”
jueves, 6 de agosto de 2009
"¡¡Ya están aquí las machupichus!!"
Ocuparía varios tomos, el relato de los conocimientos inútiles, que desde que entramos en el colegio, hasta el último día de universidad, nos tenemos que empollar, para que el poco práctico sistema educativo, nos de su visto bueno. Y paradójicamente, la mayoría de las acciones que llevamos a lo largo de nuestra vida, las tuvimos que aprender solos, por nuestra cuenta.
¿A alguien, a lo largo de su etapa educativa, le enseñaron a saber como se gestiona una hipoteca, se reclama ante un abuso cualquiera, a hacer o revisar la declaración de la renta, a llevar un hogar o a educar a un hijo?, por poner algunos ejemplos. Pero sin embargo casi todos, estudiamos, aprendimos y pos supuesto, hemos olvidado, derivadas, integrales, ecuaciones de segundo grado, la maldita tabla periódica de lso elementos químicos o en que misterioso punto se encuentran, dos trenes que salen a la vez, pero a distinta velocidad, de Madrid y Barcelona. Nunca hemos logrado saber, para que nos ha servido todo eso. Y mira que menos mal y afortunadamente, en mi caso ya no llegué a la lista de los reyes godos o a canturrear, por donde pasan los ríos de España.
Pero si el diseño actual y pasado del sistema educativo, poco estimula el ansia por conocer, aún lo hace menos por despertar en quienes estudian, las ganas de viajar. Casi nada hacen nuestros docentes, por espolear en sus escolares, el conocimiento de otras zonas del planeta y menos el ministerio del ramo de la educación, que tiene becas y ayudas para casi todo, menos para la realización de viajes, salvo por motivos de estudios, como son los Erasmus. Ni siquiera en la mayoría de los currículos, se ponen las zonas del globo visitadas, cosa que debería ser imprescindible, aunque las empresas aquí –no en Inglaterra, Estados Unidos o Australia-, tampoco lo valoren mucho.
Como lo de ir una vez en la vida a la Meca, que impone la religión musulmana o lo de no hace mucho por aquí, de hacer la mili sí o sí, debería ser obligatorio por ley, que todos los ciudadanos hicieran un viaje largo –en torno a un año- en sus vidas, subvencionado en su mayor parte por el estado, a través de ayudas. Sé que es una utopía, pero no ninguna tontería. Yo puedo asegurar que en ese tiempo, viajando por el mundo, aprendí mucho más, que en todos mis años de escuela, instituto y universidad. Pero incluso más satisfactorio que eso, es que mejoré en tolerancia, empatía, espíritu solidario, relativización de las cosas, desaparición de verdades absolutas, de prejuicios…
¿Qué ganaríamos con esto?. Pues tener una ciudadanía más respetuosa, más culta, menos frívola, que supiera pensar por si misma, sin dejarse manipular y que sobre todo fuera justa, a la hora de valorar otras culturas. Y por encima de ello, que la gente hablara de las cosas, con conocimiento de causa y sin osada ignorancia. Personalmente llevo muy mal y sucede un día tras otro, sea en el trabajo, en la conversación de una bar o en una cena con familiares o amigos, a la gente que juzga o otros pueblos o países, por sus propios prejuicios, lo que ha oído o lo que le han contado.
Tras un año viajando por ahí, se irían al olvido palabras o expresiones como “sudaca”, “negro o moro de mierda”, “gabacho cabrón” o “perro andaluz”. Y por supuesto también, terminarían los malditos nacionalismos. Nadie que haya visitado bastantes países, suele ser nacionalista. Y también dejaríamos de creernos, el ombligo del mundo, pensando –como atrevidos analfabetos provincianos- que todo lo mejor , se halla entre los Pirineos y Tarifa.
Al hilo del lenguaje despectivo en función de la procedencia, el otro día tuve que poner muy a mi pesar, a una amiga en su sitio, con una buena reprimenda. Comenzaban las fiestas del lugar donde vivimos y las ecuatorianas montaban sus puestos de abalorios. Mi amiga dijo despectivamente: “¡¡Ya están aquí las machupichus!!”. Si esta persona hubiera vivido en sus carnes, el cariño que nos dieron a nosotros en Ecuador, nunca jamás habría dicho esto.
martes, 4 de agosto de 2009
Ir a Santander el puente de agosto, cuesta casi el 50% más, que largarse a Italia
Y una de esas últimas fotos ha sido, la del Consejo extraordinario de Ministros, que hace algo más de una semana, celebraron en Palma de Mallorca, para entre otras cosas, potenciar el sector turístico. En este país hay dos vicios nacionales: El primero, favorito de los políticos, pero no excluyente del resto de la sociedad, es pretender resolver las cosas, en reuniones interminables, con difuso ordenes del día, que se sabe que empiezan siempre tarde, pero nunca a la hora que terminan y en las que no se resuelve nada. Y el segundo, quejarnos, quejarnos y quejarnos. Sobre todos de los impuestos que pagamos. Eso sí, cuando nos van mal dadas, en vez de echarle imaginación, pedimos a papá Estado, que tire de subvenciones. Lo hicieron los fabricantes de automóviles y ahora le toca el turno, al mal llamado sector turístico.
A mi me entra la risa. Veréis. Copio y pego este párrafo, publicado en el Diario de Mallorca:
“Zapatero insistió en que el turismo es un sector clave al que el Gobierno quiere prestar un "esfuerzo determinante", en el marco de la "modernización" del modelo económico que desea emprender para "mejorar" el "patrón de crecimiento" del país. Para ello, además de "impulsar nuevos sectores" en la economía, "es imprescindible" realizar "un esfuerzo determinante en los sectores ya consolidados y con mayor potencial de crecimiento", como es el turístico. Agregó que España cuenta con un sector turístico que es "probablemente el mejor" del mundo”.
¿Alguien entendió algo concreto, de los planes que tiene el presidente? Yo únicamente, la última frase, a la que le contesto: Ja, ja y ja. Y es que el tercer vicio nacional, es creernos el ombligo del mundo. Aquí es donde mejor se come, aquí es donde mejor se vive, tenemos el mejor vino bla, bla, bla. El viajar poco por el mundo, suele traer estas cosas. ¿No se le ocurrió a alguien pensar, en un momento de bajón patrio, que un chino o un mexicano, por poner dos ejemplos, también piensen lo mismo de su país y tal vez puedan tener razón?
Y continúa el Diario de Mallorca“
Tras reafirmar su convencimiento de que las políticas de inversión pública "son útiles y necesarias para hacer más competitiva nuestra economía en general y el sector turístico en particular", recordó que se ha aumentado la dotación presupuestaria dedicada a este sector”.
¿Lo véis?. Aquí todo se arregla con dinero público. Sobre todo, lo privado.
Vamos a explicarle algunas cosas al señor Presidente, a ver si con un ejemplo lo entiende. Mi chico y yo, nos vamos a Lombardía cuatro días el puente de agosto. Para ello, hemos pagado por dos boletos de avión, ida y vuelta a Milán, 60 euros. Otros 126, nos cuestan las tres noches de hotel, incluyendo el desayuno. Prevemos gastar unos 50 euros más, en boletos de tren, para desplazarnos en distancias cortas, a lo largo de tres días. Total: 236 euros. Por cierto y para que no haya excusas, en Italia el día 15, también es fiesta.
Hace una semana, a una amiga mía, le pidieron 390€, por tres noches de hotel sin desayuno, en la ciudad de Santander. Es decir, le sale a casi el doble y sin incluir el transporte o los gastos ocasionados, por moverse por la zona. A otra por cuatro personas, le piden 1.400€, por una semana de hotel -pensión completa-, en Vinaroz. ¡Pero si por 500 más, nos fuimos nosotros a China tres semanas, incluyendo los boletos de avión!.
Con este estado de la cosas, en un rato de aburrimiento, me metí en un buscador y me puse a comparar precios de hoteles. Para este puente de agosto y reservando ayer, era posible encontrar en Roma, París, Milán, Bruselas y Berlín, hoteles entre la horquilla 40-50€, con desayuno incluido (y en la turística Florencia, por tan solo 38€). En España por esa cantidad y salvo en Madrid y Barcelona, donde hay unas pocas excepciones, no siempre disponibles, por ese precio lo que encuentras, es una lúgubre pensión, con una propietaria sin dientes.
Para esas fechas, en León capital es imposible dormir, por menos de 60, en Segovia, por menos de 70 y en Santander, las habitaciones no bajan de 120. Del desayuno ni rastro. Si lo quieres, abonas a mayores, ente 7 y 18 euros más por cabeza, más el correspondiente IVA.
Recuerdo cuando hacíamos nuestros primeros interrailes, llevando buen presupuesto, para la edad que teníamos: Pagar un helado en París, un hotel en Italia o una comida en Alemania, eras lujos asiáticos, con precios estrastosféricos. Ahora ir a Italia, Francia, Alemania e incluso Suiza, si no fuera por el transporte público, es un alivio.
¡Qué sigan los hosteleros, por este mismo camino, llorando por subvenciones y no siendo competitivos y de aquí a no mucho, España enterita, se irá de vacaciones al extranjero.
domingo, 2 de agosto de 2009
Ser coleccionista de postales o viajero de absorción lenta
Retomo las reflexiones viajeras, con la intención de volverles a dar cierta continuidad, que no tienen, desde que a principios de febrero de 2.008, iniciásemos nuestros viajes largos. Y empiezo con un tema controvertido, como es, el ritmo o la velocidad de los viajes. Aunque para mi, no existe controversia laguna.
Son muchos los hilos de foros de viajes, en los que se pregunta sobre el tiempo que se necesita, para ver determinado un lugar en concreto. Cuando yo participaba en ellos, siempre dudadaza, de si contestar o no, porque me parece como tratar de crear certezas, a si es mejor la tortilla con o sin cebolla. Solía acabar respondiendo, más por el afán de dar una ligera orientación personal al dubitativo forero, que porque estuviera convencida de tener razón
Cuando estamos de viaje, cada uno nos levantamos a una hora, dedicamos más o menos tiempo a reposar o a comer durante el día, nos movemos y transportamos de distinto modo, disfrutamos de una manera u otra de las cosas y además de todo eso, tenemos distintas formas de ser y emocionarnos: Hay quienes en 20 días nos hacemos 6.000 kilómetros y a los que ese tiempo, no les da para más de 500 –o menos-.
A mi ambas formas de ver la vida y todas las intermedias, me parecen igualmente respetables y adecuadas, aunque la práctica me viene a demostrar, con la injusticia que pueden acarrear las generalizaciones,, que los que viajamos a un mayor ritmo, respetamos más a los que van lentos, que a la inversa.
Si en uno de esos referidos hilos de cualquier foro de viajes, a alguien se le ocurre contestar por ejemplo, que para ver Ginebra es necesario una semana, normalmente, nadie saldrá contradiciéndole. Pero ¡ay! como se te ocurra decir, que puedes ver Praga y Roma en dos días o la muralla china en uno. Habrá una legión de respuestas, diciendo que eso es imposible, que no viste ni la mitad y que no lo viviste intensamente. ¿Por qué yo tengo que respetar y respeto, a quines dedican cuatro días a los templos de Angkor y tres a Petra y los que dedicamos solamente uno a cada lugar, tenemos que aguantar ácidas críticas y despectivos desprecios? ¿En base a que argumentos, ellos disfrutaron más que yo de la visita?. ¿Quién me puede demostrar a mi con argumentos, que por estar mirando cuatro horas un cuadro –con lágrimas incluidas-, tuvo unas sensaciones más ricas que yo, contemplándolo solo dos minutos?
En los casos anteriores, ellos pueden argumentar, que descubrieron o sintieron el lugar o cosa, con más profundidad y yo sigo con las preguntas. ¿Quién dicta cuál es el grado de profundidad adecuado para visitar algo?. ¿Tanta profundidad, no puede estar llevando a cuestiones secundarias y quitando a la vez, días u horas a otros lugares, que luego no se podrán ver, por falta de tiempo?.
Los tres argumentos básicos, que lanzan –sí, los lanzan, no los dan- algunos -no todos- de los que viajan lento, suelen ser los siguientes:
1º.- “Es que vosotros sois coleccionistas de momentos y de postales”. Tampoco sería tan mala la propuesta, sino fuera porque lo dicen de forma despectiva, sin plantearse tal vez, que el problema lo puedan tener ellos y no nosotros, al ser viajeros de absorción excesivamente lenta.
2º.- “Es que a mi me gusta disfrutar intensamente de los sitios”. ¡Toma y a mi también!. Pero no necesito, ni estarlos contemplando durante horas o días, ni comerme el coco, haciéndome cientos de preguntas sobre, como esa maravilla es posible, como habrá perdurado a lo largo de los tiempos o como fueron capaces de hacerla.
3º. -“Es que si no estás mucho tiempo, no conoces bien los sitios”. Afirmación demasiado contundente y general, dado que cada uno captamos las cosas con distinta actitud, intensidad, interés, inteligencia, sensibilidad o atención, entre otras. Hay quien en dos días, controla más un lugar, que otros en una semana. Tengo una amiga argentina, que es repartidora. Ella lleva tres meses en Valladolid y conoce el callejero y los pueblos de la provincia mejor que yo, que soy de esa ciudad de nacimiento. Por el contrario, a mi ahora mismo, casi recién llegada de China, me resultaría más fácil hacer una guía turística de Shanghai, que de mi propia ciudad. Porque allí estaba 15 horas diarias en la calle y aquí, casi solo salgo para las cosas rutinarias.
No voy a dar ninguna virtud, de lo que supone viajar no lento, porque no pretendo cambiar la velocidad de viajar de nadie y porque no voy a tildar como desventaja, algo que a mi me lo parezca, pero para otro, que seguro no tira piedras contra su tejado, le resulte una ventaja. Solo pido que los “lentos”, hagan con migo lo mismo. Os lo juro, de verdad, me lo paso muy bien y consigo disfrutar de las cosas, viajando como viajo. No necesito un reciclaje, lleno de axiomas absolutos. Tenéis que entender que a mi, estar demasiado tiempo en un sitio, me aburre soberanamente.
Otro día hablaré, de por qué a los que les gusta la naturaleza, se creen superiores a los que nos gusta predominantemente la civilización (incluyo en ella desde Nueva York, hasta el último poblado de África).
sábado, 10 de enero de 2009
Efectos beneficiosos y efectos secundarios a corto plazo, de los viajes largos
Después de las experiencias vividas y de la forma de sentirlas, creo que uno no se estrena como viajero, hasta que no hace un viaje largo. Los viajes cortos son sencillamente escapadas o vacaciones, en las que nunca llegas a desconectar del todo, sino que son una simple pausa en la actividad cotidiana, para volver a retornar a ella, antes casi de darse cuenta. Los periplos dilatados por el mundo, son viajar. El resto es, simplemente vacacionear (no entender el término en sentido peyorativo).
Y cuando viajas, ya no eres el mero espectador que somos, cada vez que vamos de vacaciones, porque llegas a tener conciencia de que este ha sido siempre tu modo de vida y que nada has hecho antes y nada harás después, de emprender el periplo. Llegas a pensar en definitiva, que es tu auténtica forma de vida y por eso, te resulta mucho más fácil integrarte en el entorno y conocerlo por dentro. Y el hecho de verlo de forma endógena, te permite ser más observador, disfrutar más y entender muchas más cosas, que cuando vas de vacaciones
Otra de las ventajas de los viajes largos, es que pierdes absolutamente todos los miedos, porque no puedes mantenerlos durante tanto tiempo y si así ocurre, lo más probable, es que acabes retornando a casa antes de tiempo. Uno no puede estar pensando durante varios meses, ni en la malaria, ni en atentados terroristas, ni si mañana vas a tener un accidente de tráfico o un atropello. Ni siquiera en lo que has dejado o vas a encontrar a la vuelta. Los viajes largos son un mundo en si mismos y un “y a pesar de todo, nosotros seguimos adelante, como si nada”. Nadie vuelve de un viaje largo tal como se marchó, sino que se retorna bastante cambiado. Para bien, para mal o simplemente, para distinto.
Otro de los efectos positivos de las aventuras viajeras prolongadas, viene dado porque aprendes a vivir y a viajar, sin la constante obsesión por planificar, que entraña toda vacación. Como sabes que es imposible planear donde vas a ir a lo largo de un año, te limitas a sacar un boleto de ida y ya en el sitio, piensas en cual será el destino siguiente (así nos ocurrió a nosotros cuando nos fuimos a Bangkok). Como mucho, se llevan planificadas una o dos etapas por delante, no más, porque con una buena guía, se puede ir preparando el itinerario y las visitas de un día para otro.
Aprendes que se puede vivir, comprando los billetes para cualquier destino el día antes y sin hacer ni una sola reserva, llegues a la hora que llegues. Y adquieres también la enseñanza –aunque esa nosotros, ya la teníamos-, de que nada pasa por quedarse una noche a dormir en un aeropuerto o una terminal de autobuses, siempre que tengamos la certeza de que son seguras, cosa que por ejemplo no ocurre en Sudamérica o Centroamérica, pero si en el Sudeste Asiático.
Porque además en los viajes largos, no es un contratiempo que el autobús del día siguiente este lleno, sino una oportunidad, que te hará pensar en nuevos planes, quizás mejor que los que tenías al principio (eso nos ocurrió bastantes veces, sobre todo en Asia). Y Te alivias, viendo y no estando en la piel de los que están de vacaciones, que viajan estresados, para cumplir su calendario de visitas y estar de vuelta en el aeropuerto, el día del vuelo de retorno.
Es curioso, pero nosotros que somos de viajar a buen ritmo, nos hemos cansado más manteniendo el mismo estilo, en un viaje de 12 días, que hicimos por Rumanía, los Balcanes y Albania, que en tres meses y medio por el sudeste asiático o en un mes más por América. Y aún al volver de ambos viajes, nos fuimos a Túnez, Marruecos y nos recorrimos más de 6.000 kilómetros por Turquía, en veinte días, durmiendo 6 noches en autobuses y una en un aeropuerto. Y llegamos a casa tan frescos, sin ninguna sensación de estrés o cansancio
Insistir en una idea que ya esbocé antes y que me parece importante. Los viajes largos te hacen desdramatizar las cosas y te libran, de esa tan absurda cualidad humana que tenemos, de recrearnos de nuestra mala suerte y en la desgracia. Porque terminas aprendiendo, que de lo que consideras un contratiempo, puede nacer una oportunidad y a la inversa. De nuestros problemas con el banco y las tarjetas de crédito los cibers de en Malasia, surgió la oportunidad de viajar a Filipinas, uno de los países en los que no habíamos pensado y que fue de los mejores del viaje.
Las largas travesías, casi siempre suelen estar ligadas a la carencia de ingresos, cosa que no ocurre con las vacaciones. En estas normalmente, se suele dilapidar bastante el dinero, porque al fin y al cabo, para esos están, para disfrutarlas. Pero en el otro caso no, te tienes que ceñir a un presupuesto predeterminado, que querrás estirar más y más, para dilatar la vuelta. Eso te hace adquirir muchas habilidades, en el coloquial arte de “buscarse la vida”, de tal forma que de un solo viaje largo, se aprende mucho más, que de todos los cortos sumados, a lo largo de una vida.
Y ya simplemente por estadística, en un viaje de por ejemplo un año, pues se conoce más gente y se disfrutan más experiencias interesantes, que en diez años de vacaciones. ¡Y además, todas juntas!.
De verdad os digo, a todos los que tenéis la misma pasión que yo por viajar, que hagáis lo imposible en vuestras vidas, por tener la ocasión de disfrutar, de un año sabático por el mundo. Porque solo cuando viváis esta experiencia, os daréis cuenta de que hasta entonces, no habías viajado. Tantos australianos, ingleses o nórdicos, no pueden estar equivocados.
He querido recalcar en el título, lo de efectos secundarios a corto plazo, porque solo hace mes y medio, que volvimos de nuestro periplo por el mundo, por lo que entenderéis, que las consecuencias a largo plazo, las desconocemos. La mayoría de los efectos secundarios vienen dados precisamente, por las virtudes que tienen las odiseas prolongadas.
El mayor de todos, es que enganchan más que cualquier tipo de droga, con lo que cuando vuelves, te sientes realmente huérfano y vacío. Llegas a pensar, que ya nunca disfrutarás de unas simples vacaciones o escapada, que no tiene ningún sentido irte tres semanas a Indonesia, para estar más de tres días volando y que lo tiene todavía menos, es estar matándote once meses, para disfrutar malamente uno, de nuestra afición de viajar.
Por supuesto que luego, está el asunto de la reintegración en la vida normal, en la que llevabas antes de partir. Para irte un año por el mundo, necesitas mentalizarte antes, dado que es una forma de luego no pasarlo demasiado mal, cuando llegan los inconvenientes (que siempre terminan apareciendo). Pero a la hora de partir, no es necesaria ninguna adaptación. Basta con superar los nervios previos a cualquier viaje y en el momento que llegas al destino, ya no piensas en otra cosa.
Pero a la vuelta, la readaptación y reintegración son duras. No tanto al trabajo en si, sino al entorno. Primero, porque te perdiste un año de todo lo que pasó aquí, que aunque no fuera mucho, ha hecho que algunas cosas cambien y después, porque no te llegas a creer que tu antes fueras, un ser como los que ahora te rodean: Agobiado por cosas banales, estresado por asuntos absurdos, haciendo una bola de nieve de cualquier tontería, frívolo a más no poder y con una vida absolutamente plana y carente de interés o emociones.
Y sobre todo, se te desatan los nervios, al volver a principios de diciembre y estar escuchando machaconamente todo el día, “que en España estamos en crisis”, mientas la gente llena sus carros hasta arriba, con las compras de navidad. Entonces, ¿qué vocablo utilizamos por ejemplo, para definir la situación de los niños que comen bocadillos de arroz blanco, en Camboya. O mejor, para los que ni siquiera comen?.
Solo estando por un tiempo prolongado en el tercer mundo, te llegas a dar cuenta de los gilipollas y patéticos que somos en occidente, donde lo tenemos todo, pero en realidad no poseemos nada, porque somos prisioneros de todas esos bienes materiales y vagamos por la vida, más que vivirla. Y aunque parezca que no, readaptarse a la gilipollez, cuesta lo suyo.
Solo estando por períodos dilatados en el tercer mundo, llegas a ser consciente –cuenta ya te das, en unas simples vacaciones-, de por qué allí los niños se pasan el día sonriendo, a pesar de no tener nada, mientras que aquí, se pasan la vida encabronados o en el psicólogo, teniéndolo todo.
Y por último, otro efecto secundario es que a la vuelta, sigues pensando, soñando, escribiendo, disfrutando del viaje. Pero eso no lo puedes compartir con los demás, porque te suelen aguantar durante un rato, pero no más, porque ellos no disfrutaron de esas emociones. Con lo que para no aislarte, tienes que hacer un enorme esfuerzo, para ser partícipe de las “conversaciones banales!, de los que en cada momento te rodean. Y eso no lo digo solo como crítica hacia ellos, sino como autocrítica hacia mi misma, porque no se puede vivir solo del pasado, por muy bonito que fuera.
EFECTOS SECUNDARIOS A LARGO PLAZO DE UN VIAJE LARGO
Prometo escribir este capítulo, dentro de un año. El único de momento, es que me esté planteando dedicarme a la cooperación, en un plazo no muy dilatado, aunque no próximo.
viernes, 25 de enero de 2008
Charla del turista y el emigrante
Mañana llega el día, que con tanta impaciencia a la vez que temor, estábamos esperando. Han transcurrido largos meses de preparativos y unas últimas semanas muy intensas, llenas de ‘gestiones extrañas’, que nada han tenido que ver con las que habitualmente nos impone la monotonía: Ponernos vacunas, cancelar la hipoteca de la casa, tramitar excedencias… y sobre todo, preparar una completa y minuciosa infraestructura, que necesita todo viaje largo para tratar de atar en la mayor medida posible los imprevistos.
Supongo que dentro de cinco años viendo la retrospectiva, consideraremos a esta una de las decisiones más acertadas y coherentes –de acuerdo a nuestra forma de pensar- que hayamos tomado nunca. Pero día a día y desde que nos pusimos manos a la obra con este proyecto, hemos ido notando como poco a poco nos estaba cambiando la vida, al menos en el aspecto mental y hemos ido sintiendo el suave, pero incómodo hormigueo que supone enfrentarse a una situación nueva, de cierto riesgo y con algunos componentes de peligrosidad.
“¿Y a eso le llamas tú riesgo?”, me respondió casi de inmediato y sin titubear alguien que no hacía mucho había llegado a nuestro país con objetivos muy distintos a los del ocio y el conocer mundo. “¿A ir con la profilaxis de la malaria, la cartera llena, un seguro médico a escala mundial y varias tarjetas de crédito y débito, además de dejar una casa pagada en tu tierra, le pones el calificativo de situación de peligrosidad, teniendo en cuenta que en Bolivia, Perú, India, Nepal o Camboya la gente nos tenemos que ir buscando el pan día a día?”.
“Sí, claro”, me apresuré a contestar, seguro de mis argumentos. “Pero eso a mi no me vale, porque no me cabe ninguna duda de que ustedes están hechos de otra pasta diferente, mucho más resistente y compacta que la nuestra. Y encima son más felices, más honrados y, sobre todo, mucho más humanos y solidarios”.
“Pero para nosotros, los opulentos habitantes del mundo desarrollado, supone un drama marcharnos de viaje sin saber como nos ganaremos la vida de aquí a un par de años (cuando hayamos dilapidado todas nuestras reservas) o tenernos que buscar el pan y las habichuelas diariamente por esos ‘mundos hostiles’, aunque sea con una Visa Oro entre los dientes”.
“Y no contentos con eso, todavía tenemos la insolencia y arrogancia de denominarnos a nosotros mismos aventureros o trotamundos, mientras a ustedes les llamamos buscavidas y les miramos de reojo, no sea que nos vayan a quitar la cámara. Y martirizamos a los demás con lo que entendemos como un traumático cambio de vida, consistente en sustituir el sofá de nuestra casa, por hacer de ávidos ‘exploradores’ durante un tiempo. Y claro, a ustedes si que de verdad les puede cambiar la vida cada cinco minutos…”
En esas andaba cuando el me espetó:
“¿Y como decía usted que se llamaba esa cosa tan rara que había tenido que pedir, excedencia?.
No supe que contestar.
Mañana partimos para Sudamérica sin billete de vuelta. Un beso a tod@s.
sábado, 12 de enero de 2008
Al borde del abismo
Es gratificante. Aún no me he ido y ya hay unos cuantos que me echan de menos. Y es que nunca hubiera llegado a imaginar que los que te quieren –lo que vulgarmente ahora se llama tu entorno-, se iban a poner tan cariñosos conmigo, conscientes de que casi durante un año de forma ininterrumpida, estaremos viajando por esos mundos de Dios, sin tenerlos cerca.
Apenas nos quedan dos semanas para partir hacia ese soñado viaje que nos llevará a través de unos 17 países de Sudamérica y África y tal como andan las cosas, me temo que en estos días que quedan va a haber unas cuantas despedidas de las de película de llanto. Y cuando volvamos –si es que volvemos, claro-, ya imagino el comité de bienvenida en la estación del AVE, con majorettes, fanfarrias y fuegos artificiales.
Y es que, acostumbrada a los viajes de un mes o de veinte días, en los que las despedidas se saldan con un frío beso en la mejilla y con un “Cuídate” y nadie te va a despedir o a dar la bienvenida a la vuelta, me han chocado extraordinariamente las afectuosas y calurosas manifestaciones de cariño y afecto que se reciben cuando una se va por un tiempo más dilatado. Pareciera que en la mente de quienes te rodean, se viviera la sensación de que no te van a volver a ver nunca más y que tienen que disfrutar de ti intensamente hasta el día de tu marcha.
Pero no es esto sólo lo que me ha sorprendido de las reacciones de la gente cuando le hemos ido detallando a lo largo de los últimos meses la aventura donde nos embarcábamos. Hubiera apostado gran parte de mi patrimonio a que mayoritariamente iba a escuchar frases del tipo: “Piénsatelo bien. ¿No te parece que sois un poco inconscientes?”. “Menuda locura, ¿tú estás bien de la cabeza?”. “¿Y qué vais a hacer a la vuelta si la empresa os pone pegas en el reingreso de las excedencias”. “¿No os parece que sois un poquito irresponsables?”. “Ganas tendréis de ir como mendigos por ahí”…
Pues no. La respuesta en más de un 90% de los casos –tanto la de allegados como la de los menos allegados-, ha sido más bien la contraria. Tras la primera reacción de desconcierto, la frase más repetida ha sido: “Que envidia. ¿Me puedo ir con vosotros?”. Para tras una pequeña reflexión continuar diciendo: “¡¡Ay, si no fuera por… (y ahí venía la excusa más o menos poderosa, del tipo ‘los hijos’, ‘que tengo un trabajo poco estable’, ‘que tengo a mis padres enfermos’, “que ya no tengo edad”…) me liaba la manta a la cabeza y hacía como vosotros”!!.
Y lo cierto es que entre ambos instantes, entre ese momento en que se quieren venir contigo y el que se buscan la excusa, sus rostros se llenan de felicidad solo imaginándolo.
No deja de ser normal que las personas encuentren –o se busquen- excusas para desear firmemente, pero no atreverse al final a embarcarse en un proyecto como el nuestro, porque ya solo el hecho de tomar la decisión te cambia la vida y la llena de incertidumbres, que se manifiestan con mayor fuerza cuando se va aproximando lentamente el momento de la partida y sientes el vértigo de estar justo al borde del abismo.
Cuando el avión destino a Río de Janeiro comience de aquí a no muchos días a rodar por la pista del aeropuerto de Barajas, habrá llegado nuestro simbólico momento de salto al vacío. Un vació donde, si hacemos caso a los muchos que dieron ese salto anteriormente, encontraremos una buena dosis de felicidad. ¡¡Deseadnos suerte!!.
miércoles, 5 de diciembre de 2007
El "internauta perezoso"
Internet está saturado de información sobre viajes y destinos. En unos casos, se trata de páginas o foros basura, llenos de publicidad barata y con administradores con turbias intenciones e intereses económicos o de notoriedad. Pero en la mayoría, se trata de excelentes webs y blogs, que ofrecen una completa información práctica, recomendaciones muy útiles y apasionantes experiencias personales.
Sin embargo, la mayoría de ellas –y en el mejor de los casos- apenas aglutinan unas decenas de incondicionales, que están siempre pendientes de sus nuevos contenidos y algunos otros centenares de usuarios, que van por ellas de paso y que si en un minuto no encuentran el dato que buscan, adoptan dos posibles posturas: Irse o escribirte un correo para que le resuelvas esa duda concreta (es decir, que para que ellos no pierdan su tiempo leyéndote, tienes que contestarles de forma privada algo que ya has escrito y que encontrarían haciendo un poco más de esfuerzo).
Hoy en día –y nada hace pensar que esto vaya a cambiar en el futuro-, tener un blog o una web de viajes no comercial es, sencillamente, patrimonio exclusivo de personas con un significativo sentido del altruismo y el romanticismo. Porque además se produce otro hecho de forma bastante frecuente: El viajero que quiere planificar un viaje en condiciones (y yo me incluyo), primero se va a la guía impresa que más le guste del país en cuestión y a la red llega solo cuando ya tiene las cosas medio claras, a resolver dudas, reservar billetes aéreos o compartir opiniones sobre cosas muy concretas.
Cuando yo empecé a escribir relatos de viajes, pensé que la mayor parte de mis lectores iban a ser expertos viajeros independientes e impenitentes, de los que hacen tres o cuatro viajes al año, ávidos de información práctica y de experiencias. Hoy constato que estos, en realidad son una minoría (al menos si me baso en los correos electrónicos que me llegan).
En realidad, la mayoría son. Sencillamente, amantes de la literatura de viajera. No necesariamente viajan (o al menos no lo hacen a menudo) y organizar viajes tampoco siempre está entre sus máximas prioridades. Leen los relatos por mero divertimento y disfrute 8como si de una novela se tratara), algunos incluso como literatura de almohada.
Y en una proporción menor, pero amplia, están aquellos a los que ya me he referido y que podríamos denominar de forma genérica como el “internauta perezoso” (por ponerles un apelativo cariñoso, dado que en realidad habría que mentarlos cono los “internautas sanguijuelas”). Al igual que la mosquita anopheles encuentra su hábitat natural y sus condiciones más propicias para la reproducción en la selva y los climas tropicales, estos lo hallan en los foros. Su misión es chupar la sangre (aunque de momento no contagian la malaria, todo se andará) a algunos incautos de buena voluntad que por allí transitan.
Los habituales de estos espacios abiertos sabéis a quienes me refiero. Intentan que el resto de los usuarios les organicen su viaje a la carta sin tocar una sola guía o leer más allá de cinco líneas de un blog o una web de viajes sobre el tema. Sus intervenciones más típicas son del tipo:
-“¿Qué puedo ver en Praga en tres días?”. “¿Qué no me puedo perder de Londres?”. “Me vendría muy bien todo lo que me podáis contar sobre Marrakech”. ¿Qué me decís sobre Consta Rica?. “Tres días en Roma en el puente del Pilar: Sugerencias”…
Estoy segura de que algún día no demasiado lejano, se conseguirá la vacuna contra la malaria. El antídoto contra estos usuarios que contaminan de tan mala manera la red, lo veo bastante más lejano, porque siempre habrá incautos de buena voluntad.
miércoles, 7 de noviembre de 2007
La estación de Chamartín
Desde mi más tierna infancia he viajado de forma muy habitual en tren. Todavía recuerdo aquellas noches en los azules y duros asientos del expreso Rías Bajas, durmiendo a pierna suelta mientras mi padre velaba mis sueños. Y es que a tan cortas edades es fácil dormirse en cualquier parte, aunque incluso hoy y hasta en los trenes menos confortables soy capaz de conciliar el sueño fácilmente.
Más adelante, los viajes a Galicia cambiaron por constantes idas y venidas a Madrid, motivadas primero por estudios, luego por trabajar en la capital del Reino y finalmente por acudir a reuniones o cursos de formación, al desempeñar mi actividad laboral en provincias para empresas que tienen su sede central en la capital de España.
Por supuesto y a pesar de ser muchos los viajes indicados en los dos párrafos anteriores, el lote más grande de periplos ferroviarios ha sido el formado por todos los interrailes (ya no recuerdo si son seis, siete u ocho) que hemos hecho desde finales de los ochenta
Y sin embargo, a pesar de ser tan variados los motivos de mis desplazamientos por vía férrea a la Villa y Corte (viajes para emprender vacaciones, estudios y formación, visitas a amigos o por trabajo), todos tienen un elemento común y es que siempre nacieron o murieron o transitaron por la estación de Chamartín.
Aún recuerdo cuando de pequeña, muy poco tiempo después de su inauguración, me preguntaba como narices las puertas de acceso al vestíbulo se abrían y cerraban justo al paso de la gente, sin que las activara o manipulara nadie. Parecía algo realmente mágico. Así que el descubrimiento de la existencia de la célula fotoeléctrica fue para mi más decepcionante incluso que el de que los Reyes Magos fueran los padres.
A partir de entonces comenzó con la estación de Chamartín una especie de relación amor-odio, que aún perdura a día de hoy y que tiene pinta de seguir prolongándose en el tiempo A partir de diciembre el AVE me la acerca un poco más todavía.
Los asientos de las zonas de espera, las cristaleras, las ventanillas de venta de billetes al público, los locales comerciales, de fast food o de prensa, los WC y miles de viajeros han sido testigos de mis alegrías, desdichas, frustraciones y esperanzas. De las risas y de las lágrimas.
Por allí han pasado como si de una película de escenario fijo se tratara, los mejores y los peores momentos de mi vida: Los inicios de los grandes viajes por Europa, los aprobados y suspensos –afortunadamente, de los últimos pocos- al ir a buscar las notas al final de los cursos en la facultad, el nombramiento para puestos de trabajo de ensueño, un cese, un despido improcedente, inolvidables y gloriosas victorias en noches mágicas en el Bernabeu, macroconciertos como el de U2 (cuando U2 era U2) en el 87…
Todos estos acontecimientos y las intensas emociones que han provocado han pasado en los últimos 27 años por esa estación, que como yo, ya va notando el paso y el peso del tiempo y de las experiencias vividas.
Supongo que para otra mucha gente, la estación de Chamartín también ha sido protagonista en el devenir de los acaecimientos relevantes de sus vidas. Por que al fin y al cabo, siempre hay emociones intensas y expectativas en el lugar donde empiezan o terminan los viajes, sean por el motivo que sean.